Hubo un tiempo en que cumplir los 14 significaba libertad, o poder, por fin, acceder a eso que te la daría: una moto. Una llave en el bolsillo, un casco colgando del brazo y la ilusión de estrenar ciclomotor. Y entre todos los modelos que marcaron esa época, pocos se recuerdan con tanto cariño como la Derbi Hunter.
En aquellos años, tener un scooter “de 50” era lo máximo cuando empezabas en instituto –en aquellos años, se empezaban las clases con 14 años, después de haber terminado octavo de EGB–. Te convertía en un privilegiado y en la envidia de los colegas. Y quien dice un scooter dice un Vespino, que terminaba transformado algo así como un dragster pequeño y sin frenos en el mejor de los casos. Eran otros tiempos, en los que motos como la Derbi Hunter copaban la atención de la chavalería.
La verdad es que el Hunter nunca fue un modelo tremendamente popular. Tuvo que lidiar con otros scooter de mucho nivel y algo más veloces, aunque su producción en España le daba el encanto de “lo nuestro” y en lugares como Barcelona tuvo más aceptación que en otros como Madrid.
Tenía el alma sencilla de un ciclomotor, pero una carrocería que hacía soñar: depósito estilizado, asiento casi plano y un colín que imitaba a las deportivas del momento. Era la moto de los chavales que querían dejar atrás la bicicleta, pero todavía no podían subirse a una 125.
Su motor de 49 cc, robusto y agradecido y con poco más de tres caballos, se combinaba con una parte ciclo ligera y unas suspensiones que, sin ser de competición, daban juego para pasar horas rodando entre barrios, caminos o polígonos. Era, en el fondo, como todos los ciclomotores de aquellos años, un modelo con chasis de tubo de acero, suspensiones convencionales y frenos básicos, con un disco delantero y un tambor trasero. No obstante, su carrocería, bastante envolvente, destacaba por un frontal bastante afilado y una parte trasera un voluminosa, pero con entradas de aire para el motor.
La Hunter no era la más rápida ni la más avanzada, pero tenía algo que hoy falta: carácter. Era un primer paso, una promesa para muchos. Y quien tuvo una, aún recuerda el sonido del dos tiempos al abrir gas, el olor a mezcla y aquella sensación inconfundible de independencia juvenil. No fue una moto popular, pero quien se la llevó a casa, tuvo las mismas sensaciones que cualquier otro: “¡tengo moto!”
El DErbi Hunter fue, como muchas otras, el puente entre la infancia y la carretera, entre el barrio y el mundo. Hoy la miramos con ternura porque, en el fondo, todos querríamos volver a sentir lo mismo: aquella primera vez que, por fin, tenías tu moto y podías recorrer tu barrio o el pueblo entero, sin complicaciones y, por si fuera poco, sin depender de tus padres.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS