Si alguna vez te has preguntado qué pasaría si metieras el motor monocilíndrico más grande de la producción en serie dentro de la parte ciclo más ágil de los noventa, la respuesta tiene nombre y apellidos: BMR Suzuki. Esta máquina es la esencia pura del concepto Supermono: una moto que no entiende de compromisos, diseñada por y para el paso por curva, donde el peso es el enemigo y el par motor es la religión.
La historia de la BMR –Brian Myerscough Racing– es la de aquellos preparadores británicos que, a mediados de los 90, decidieron que no necesitaban cuatro cilindros para ser rápidos. El punto de partida fue el mastodóntico motor de la Suzuki DR 800 S –la famosa “Dr. Big”–. Un bloque SACS de un solo cilindro y 779 cc que, de serie, era un tractor pensado para cruzar desiertos, pero que en manos de BMR se convirtió en una bestia de carreras.
El mayor desafío no fue solo potenciar el motor, sino encontrar dónde meterlo. La solución fue tan brillante como radical: utilizar el chasis de una Cagiva Mito 125. El chasis de la pequeña italiana, diseñado bajo la sombra de la Ducati 916, era famoso por su rigidez y su ligereza, pero nadie en su sano juicio habría pensado que podría albergar un motor de casi 800 cc.
BMR tuvo que rediseñar los anclajes y fabricar un subchasis a medida, pero el resultado fue un conjunto que paraba la báscula en poco más de 110 kg. Para que te hagas una idea, eso es prácticamente la mitad de lo que pesaba la moto que originalmente llevaba ese motor. Con unos 75 CV tras pasar por el banco de potencia, la relación peso-potencia era, sencillamente, de infarto.
Pilotar la BMR Suzuki no debía ser apto para cardíacos. Por un lado, tenías la agilidad extrema de una 125 GP, capaz de mirar al ápice de la curva y estar allí antes de que lo pensaras. Por otro, tenías las pistonadas de un monocilíndrico gigante que te catapultaba a la salida de los giros con una fuerza bruta que ninguna 600 japonesa podía igualar.
Visualmente, la moto era un poema al funcionalismo. El carenado de la Mito apenas podía ocultar el enorme cilindro de la Suzuki, y el escape artesanal subía por el lateral con una presencia imponente. No había concesiones al confort; ni siquiera había arranque eléctrico para ahorrar hasta el último gramo. Era una moto de “patada” y gasolina de alto octanaje.
La BMR Suzuki Supermono representa una era en la que el reglamento permitía que el ingenio de un pequeño taller pusiera en aprietos a las grandes fábricas. Es la culminación de esa búsqueda de la “moto total” para circuitos revirados: una máquina que se deshace de todo lo innecesario para centrarse en lo único que importa cuando la rodilla toca el piano: la conexión pura entre el gas y el asfalto.
Hoy en día, con las Supersport llenas de sensores y ayudas, una “fricada” como la BMR nos recuerda que, a veces, la mejor receta sigue siendo la más antigua: el motor más grande posible en el chasis más pequeño que encuentres.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS