La Yamaha FZR 1000 Genesis apareció en escena para ponerlo todo patas arriba. Supuso la primera piedra de lo que vendría después en el segmento de las monturas deportivas de un litro: agilidad desbordante, diseño derivado de las carreras y una técnica enormemente desarrollada. Lo más sorprendente fue su culata de cinco válvulas por cilindro, acompañada por un planteamiento dinámico que dejaba a sus rivales directas a la altura de enormes petroleros pesados y torpes. El segmento de las superdeportivas jamás volvió a ser el mismo.
Si echamos la vista atrás hacia la década de los ochenta, el sector de las dos ruedas era un hervidero de soluciones audaces. Por un lado, irrumpieron las motocicletas provistas de turbocompresor, una tecnología que funcionaba en el automóvil pero que entre las dos ruedas no llegó a cuajar por diversos motivos. Suzuki reventó el mercado con la saga GSX-R, Kawasaki continuaba en su línea con las GPZ900R Ninja y GPZ1000RX —a la que sumaría la ZX-10 Tomcat en 1988— priorizando la velocidad pura, mientras Honda ofrecía una rutera de alta velocidad en la figura de la CBR1000F.
Semejante contraste de personalidades saltó por los aires cuando la marca de los diapasones presentó la FZR 1000 Genesis en 1987, su nueva propuesta para la categoría reina —donde las 1.000 centímetros cúbicos todavía no estaban admitidas en el certamen de Superbikes—. El universo del motociclismo comprendió al instante que las reglas del juego acababan de cambiar. La firma japonesa no se limitó a actualizar una montura veterana, sino que puso en la calle un producto que exudaba tecnología de competición, abriendo una brecha insondable frente a una competencia que quedaba desfasada en la parte ciclo.
Arquitectura de 45 grados y el debut del chasis Deltabox
La comparación con lo que ofrecía el catálogo de la propia casa resultaba brutal. En un extremo se situaba la saga XS —de 750, 850 y 1.100 centímetros cúbicos— y las rabiosas dos tiempos como las saga RD y TZ. Fue la llegada de la FZ750 la que introdujo por primera vez la culata de cinco válvulas y el bloque de cilindros inclinado 45 grados hacia adelante para rebajar el centro de gravedad y cargar peso sobre la rueda delantera; conceptos que heredó directamente la FZR 1000 Genesis junto a la filosofía de diseñar bastidor y propulsor como un todo indisoluble.
El corazón de la montura residía en su avanzada ingeniería. Bajo el carenado albergaba un tetracilíndrico en línea de cuatro tiempos refrigerado por líquido con 989 centímetros cúbicos y los cilindros tumbados 45 grados para optimizar el reparto de pesos. Su culata montaba veinte válvulas —tres de admisión y dos de escape por cilindro—, una solución con la que los ingenieros buscaban una respiración óptima a alto régimen.
Abrazando el motor se diseñó el bastidor Deltabox de aluminio. Aquella estructura perimetral de doble viga aportaba una rigidez torsional inédita en una motocicleta de serie de gran cilindrada. La prensa especializada de la época confirmó que la estabilidad en trazados rápidos pasó a ser la referencia absoluta del segmento, permitiendo abordar virajes de alta velocidad con una confianza que borraba las imprecisiones de los chasis tubulares tradicionales.
Pionera en combinar el mítico chasis perimetral Deltabox de aluminio con un bloque tetracilíndrico inclinado a 45º y culata de 20 válvulas, la Yamaha FZR 1000 Genesis de 1987 revolucionó la categoría de las superdeportivas de un litro; a pesar de la sonada polémica en España al homologar 119 CV reales en banco frente a los 135 CV anunciados en catálogo, sus 251 km/h de punta y su agilidad en curva sentaron las bases de la superbike moderna
La sonada polémica del banco de potencia en España
Sin embargo, el desembarco del modelo en el mercado español vino acompañado por una encendida controversia técnica. Durante una exhaustiva prueba en el banco de potencia Bosch de la revista Motociclismo —en su número 1.013—, los datos arrojaron una cifra a la rueda de 107,7 caballos de potencia, lo que traducido al embrague se quedaba en 119,2 caballos, un rendimiento brillante pero alejado de los 135 CV anunciados comercialmente en los catálogos de la marca.
Aquel desfase generó un intenso debate técnico. Tras cotejar mediciones con unidades procedentes de Canadá o Bélgica y revisar los datos del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA), se constató que la ficha técnica oficial en España homologaba 117,5 caballos a la salida del cambio, confirmando que la diferencia obedecía a un optimismo comercial de la central en los folletos y no a un fallo mecánico.
También se analizaron detenidamente los 251,5 kilómetros por hora de velocidad máxima alcanzados en las mediciones, una cifra que la situaba por detrás de la Honda CBR1000F —capaz de rozar los 258 km/h gracias a una entrega superior a la rueda—. Pese a todo, aquella controversia no ensombreció la leyenda de la Genesis, que consolidó al chasis Deltabox y a la culata de veinte válvulas como iconos absolutos de la década.
Comportamiento dinámico, peso y ergonomía de carreras
En el plano dinámico, la moto deslumbraba por una agilidad impropia de un conjunto que paraba la báscula en 225 kilos en seco —once kilos por encima de la Suzuki GSX-R1100—. La acusada inclinación del bloque motriz y la rigidez del bastidor permitían que se sintiera en tramos virados tan manejable como una 750 cc. El motor de 20 válvulas empujaba con una linealidad pasmosa desde abajo, haciendo innecesario el uso continuo de la caja de cambios de cinco velocidades para mantener ritmos elevados.
En pista, la Genesis transmitía aplomo absoluto en curva rápida, requiriendo únicamente mover el cuerpo para corregir una leve tendencia subviradora a máxima inclinación. La posición de pilotaje resultaba marcadamente deportiva, cargando peso sobre los semimanillares y apretando las piernas contra el depósito en ciudad, una exigencia física que solo encontraba desahogo en carretera abierta cuando la presión del aire aliviaba el torso del piloto y desaparecían las pequeñas vibraciones presentes a 5.000 revoluciones por minuto.


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Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.Se os ha ¿pasado? El mayor quebradero de cabeza para sus usuarios y era el exagerado consumo de aceite de este motor.
Gracias por comentarlo. Ya lo he añadido!
Un saludo