La Yamaha TD3 250 es la montura más representativa en la carrera de Jarno Saarinen. Y eso, en realidad, es decir bastante. Al fin y al cabo, cuando en 1972 conquistó el campeonato mundial de 250 a lomos de ella aún se vivían momentos en los que un piloto avezado y valiente podía infiltrarse en el gran circo de la competición internacional. Momentos en los que la logística y la planificación no habían alcanzado las cotas que ya sí tendrían para la década posterior, permitiendo por tanto huecos en los que aún se vislumbraba la senda de pioneros característica de los primeros tiempos del motociclismo.
En este sentido, a Jarno Saarinen se le recuerda por su especial habilidad como mecánico. De esta manera, aunque Yamaha contaba con un buen personal técnico, el finlandés diluía los férreos límites de un equipo profesionalizado donde cada trabajador cumple específicamente con una misión concreta. ¡Hasta existen fotografías en las que se observa cómo su mujer lo ayudaba en los boxes! Sin duda una escena imposible hoy en día, con las categorías superiores del motociclismo convertidas en un mecanismo extremadamente planificado y ordenado. Además, sin contar esta forma de trabajar típica de un piloto más propio de los años treinta que de los sesenta y setenta, Jarno Saarinen lucía otra característica propia de los viejos tiempos: su forma de llevar la moto.
Osado hasta el punto de la inconsciencia, Saarinen pegaba el pecho a la parte superior del depósito de gasolina. Una postura lo más penetrante posible, la cual se tornaba en una especie de baile de culebras cuando en las curvas movía todo el cuerpo para adaptar los pesos y las inercias. De hecho, este comportamiento tan característico influyó a Kenny Roberts. Futuro campeón del mundo en 500 centímetros cúbicos, quien vivió una carrera más estandarizada que la del finlandés. Un piloto tan apasionado por las carreras que llegó a estafar a varios gestores para que le sufragasen su formación como ingeniero, cuando en realidad ya tenía planeado dedicar la suma a financiar su participación en el mundial. Así las cosas, llamó tanto la atención del equipo oficial Yamaha que éste lo fichó para la temporada de 1972.
Jarno Saarinen cuenta con una biografía espectacular, de esas en las que la aventura literaria se mezcla con la realidad deportiva. Sin embargo, acabó con tan sólo 27 años segada por un terrible accidente en Monza donde también moría Renzo Pasolini
Yamaha TD3 250, la última de la saga
En pleno auge de las motocicletas japonesas en el mercado británico, la Yamaha TD1 tuvo un especial impacto a mediados de los sesenta. Pequeña, ágil, de fácil manejo y con una buena frenada, este modelo bicilíndrico para las competiciones de 250 cm3 fue todo un éxito entre los aficionados y pilotos semiprofesionales. Por ello, la casa japonesa no tardó en renovarlo, lanzando en 1969 la TD2 llamando también la atención en los circuitos norteamericanos. De hecho, los éxitos en competición no tardaron en llegar: Rodney Gould ganaba el campeonato mundial de 250 en 1970 y Kel Carruthers su clase en la Isla de Man aquel mismo año.
Con este buen contexto a sus espaldas, en 1971 se presentó la Yamaha TD3 250. Última con el exitoso motor de dos tiempos refrigerado por aire, el conjunto se montaba a partir de un chasis ligero con doble loop. Todo ello para dejar el conjunto – carenado aerodinámico incluido – en 105 kilos para los 49 CV entregados por su bicilíndrico conectado a una caja de cambios de seis velocidades. Además, como principal elemento diferenciador estaba el freno de tambor delantero. Especialmente efectivo y, por tanto, tomado por multitud de equipos para montarlo en motocicletas Norton, Honda o Ducati.
Gracias a la Yamaha TD3 250, los pilotos del equipo oficial Jarno Saarinen y Dieter Braun estaban en perfectas condiciones para aspirar a lo más alto. De hecho, ambos lograron ser campeones del mundo de 250 en 1972 y 1973 respectivamente. Dato que justifica sobradamente a la TD3 como una de las monturas japonesas de competición más exitosas de su época. Aunque, desgraciadamente, también protagoniza una de las páginas más negras del motociclismo. La que se vivió en mayo de 1973 en Monza.
Tras el éxito cosechado en la categoría de 250 cm3 ganando el mundial de pilotos tanto en 1972 como en 1973, Yahama ya tenía asegurado un puesto preferente en el panorama deportivo mundial
Una carrera especialmente trágica, en la que murieron Renzo Pasolini y el propio Jarno Saarinen. Desestabilizado por una mancha de aceite o un fallo de su propio motor – aún existen dudas y no pocas polémicas sobre este accidente – , Pasolini perdió el control de su Benelli estrellándose contra las barreras. Un golpe terrible que segó su vida al instante, saliendo disparada su moto contra la trayectoria de la Yamaha TD3 250 de Saarinen. De esta forma, el finlandés recibió el impacto de la motocicleta del italiano en su casco cayendo al suelo para fallecer al instante. Otra de las diversas muertes múltiples dadas en la época, obligando a una mejora de la seguridad en los años posteriores. Un tema por el cual, dentro de poco, empezaremos a transitar gracias a nuevos artículos.
Miguel Sánchez
Todo vehículo tiene al menos dos vidas. Así, normalmente pensamos en aquella donde disfrutamos de sus cualidades. Aquella en la que nos hace felices o nos sirve fielmente para un simple propósito práctico. Sin embargo, antes ha habido toda una fase de diseño en la que la ingeniería y la planificación financiera se han conjugado para hacerlo posible. Como redactor, es ésta la fase que analizo. Porque sólo podemos disfrutar completamente de algo comprendiendo de dónde proviene.COMENTARIOS