Hubo un tiempo en que Moto Guzzi no necesitaba impresionar. Solo tenía que funcionar. A finales de los sesenta, cuando el mundo empezaba a mirar con deseo las motos japonesas de cuatro cilindros, la firma de Mandello del Lario apostó por lo contrario: un enorme monocilíndrico de medio litro, lento pero eterno. Así nació la Nuovo Falcone, heredera directa de la mítica Falcone Militare que había servido en los cuerpos policiales y el ejército italiano.
Lento comparado con esas japonesas de motores revolucionados e histéricos de cuatro cilindros, claro. Bajo el depósito latía un motor de 499 centímetros cúbicos con distribución con árbol de levas en cabza, dos válvulas y arranque eléctrico —un lujo entonces, aunque no especialmente fiable—. La potencia no asustaba a nadie: unos 25 CV a 4.800 rpm, suficientes para superar 130 km/h si el piloto tenía paciencia y carretera. Pero la verdadera virtud del Falcone nunca fue correr, sino aguantar. Era una moto construida con sentido práctico, sin prisa, pensada para durar décadas. Su origen era una moto militar y la versión civil –conocida como Nuovo Falcone Civile– era básicamente la misma moto, apenas había diferencias más allá de la estética.
El bloque y el cárter formaban una sola unidad estructural, lo que daba rigidez al conjunto y eliminaba muchas vibraciones. Su lubricación por cárter húmedo, la refrigeración por aire y el gigantesco volante de inercia –cubierto, en este caso– la hacían casi indestructible. Podía arrancar bajo la lluvia, circular sin quejarse en marchas largas y soportar el trato más rudo. Por eso las versiones militares siguieron fabricándose incluso cuando el resto del mundo ya había cambiado de era.
El chasis, rediseñado respecto a la antigua Falcone, aportaba más estabilidad y un centro de gravedad bajo. Pesaba más de 210 kg, sí, pero en carretera abierta eso no jugaba en su contra: la moto era estable, predecible y noble hasta el extremo. El freno delantero de tambor era su punto débil, como en casi todas las europeas de su tiempo, aunque compensaba con una frenada trasera eficaz y un comportamiento muy controlable.
Su estética era pura Moto Guzzi: depósito con el águila dorada, escapes bajos y un asiento largo que parecía más pensado para patrullar que para correr. No era una moto ligera ni ágil, pero sí una de esas máquinas que parecen hechas para acompañarte toda la vida.
Hoy, la Nuovo Falcone representa una despedida y una resistencia. La despedida de los grandes monocilíndricos de la vieja escuela y la resistencia frente a una época en la que las motos se medían por cilindros y revoluciones. Mientras otras marcas buscaban cifras y velocidad, Guzzi apostó por algo más simple: honestidad mecánica. Aunque, claro, su origen militar obligaba. Fue la moto de los cuerpos de seguridad italianos durante muchos años y ellos necesitaban coherencia, fiabilidad y seguridad.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS