Cuando pensamos en motos de carreras italianas de pequeña cilindrada de los años 60, marcas como Mondial o Ducati suelen acaparar el protagonismo. Sin embargo, en 1962, la firma milanesa Motom —célebre por su indestructible ciclomotor de 48 c.c.— decidió que era el momento de jugar en las ligas mayores. El resultado fue la Motom 98 Grand Prix, un prototipo que hoy es leyenda: solo se ensamblaron dos unidades, convirtiéndola en uno de los “unicornios” más deseados por los coleccionistas de todo el planeta.
Ingeniería de 4 tiempos en un mundo de “agujeros”
Lo que hacía verdaderamente especial a la 98 GP era su apuesta a contracorriente por la arquitectura de cuatro tiempos. En una época donde los motores de “agujeros en el cilindro” (2T) empezaban a imponer su ley por sencillez y potencia, Motom se mantuvo fiel a las válvulas. Montaba un bloque monocilíndrico de 98 c.c. con unas cotas cuadradas de 50 x 50 mm, una configuración ideal para lograr un equilibrio perfecto entre par motor y capacidad de estirada.
Pero la verdadera joya de la corona era su distribución: un árbol de levas en cabeza (SOHC) accionado por cadena. Esta solución, extremadamente refinada para 1962, permitía al pequeño motor respirar con soltura a regímenes elevados, buscando esa eficiencia termodinámica que solo los maestros italianos sabían extraer de un cubicaje tan reducido.
Minimalismo “racing” y orfebrería técnica
Físicamente, la Motom 98 GP es un ejercicio de minimalismo puro. Su chasis tubular ligero fue diseñado para ofrecer la mínima sección frontal posible, abrazando un depósito de combustible largo y estrecho que obliga al piloto a “fusionarse” con la máquina para vencer al viento. Es una moto que se conduce con los pulmones pegados al metal.
En el apartado de suspensiones, Motom no escatimó:
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Delantera: Una horquilla telescópica hidráulica muy avanzada para su tiempo.
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Trasera: Pareja de amortiguadores convencionales ajustados para un conjunto que pesaba poco más que una bicicleta de carreras.
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Frenos: Tambores sobredimensionados que, más que componentes mecánicos, parecen piezas de joyería artesanal diseñadas para detener el tiempo.
El rugido de un prototipo eterno
Mecánicamente, el motor utilizaba un sistema de lubricación por cárter húmedo y un encendido por platinos de 6 voltios. Aunque Motom nunca publicó cifras oficiales de potencia —eran unidades de desarrollo puro—, la eficiencia de su culata de dos válvulas y su extrema ligereza la convertían en un arma temible en circuitos revirados. El arranque se efectuaba mediante el clásico “kick-start”, aunque en la parrilla de salida el pequeño cuatro tiempos despertaba siempre tras el ritual del empujón.
La Motom 98 Grand Prix nunca llegó a la producción en serie ni logró dominar los Grandes Premios, pero su existencia es el testimonio de una época en la que las pequeñas marcas italianas no tenían miedo a soñar en grande. Fue el intento de Motom por demostrar que su ingeniería podía competir contra los gigantes. Hoy, esas dos únicas unidades supervivientes son el recordatorio de un camino que la marca no llegó a transitar, pero que nos dejó una de las siluetas más bellas y puras de la historia del motociclismo.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS