La Aprilia Colibrì es, sin saberlo casi nadie, el punto de partida de una de las marcas de motocicletas más importantes de la historia. Un ciclomotor de 50 centímetros cúbicos con nombre de pájaro que nació en un garaje de Noale y que acabaría siendo el primer capítulo de una historia que llegaría hasta los campeonatos del mundo.
La historia de Aprilia comienza en 1945, cuando Alberto Beggio fundó la empresa en Noale, una pequeña localidad del Véneto. Durante más de dos décadas fabricaron bicicletas, sin más pretensiones que las de ofrecer un transporte fiable y económico en la Italia de posguerra. El punto de inflexión llegó en 1968, cuando su hijo Ivano tomó las riendas. Joven, apasionado por la mecánica y con ideas propias que chocaban con la visión conservadora de su padre, Ivano Beggio junto a varios colegas dio forma al primer ciclomotor de la marca: la Colibrì.
Un diseño que rompía moldes
El nombre era perfecto —pequeño, ágil, veloz— y los colores, naranja y dorado, no dejaban indiferente a nadie en una época donde los tonos grises y oscuros aún dominaban las calles. El éxito fue inmediato porque no parecía una bicicleta con motor, sino una motocicleta en miniatura.
Bajo su estilizada carrocería, la Colibrì confiaba en el motor Franco Morini de 50 centímetros cúbicos, un propulsor de dos tiempos que en aquellos años era casi ubicuo en la industria italiana del ciclomotor. No era casualidad ni coincidencia —el Morini latía bajo la carrocería de media Italia sobre dos ruedas, independientemente de la marca que luciera el depósito. Era el “estándar” de fiabilidad y sencillez que permitía a marcas pequeñas como la Aprilia de aquel entonces centrarse en lo que realmente les apasionaba: la parte ciclo.
Carácter deportivo desde el primer kilómetro
Lo que diferenciaba a la Colibrì de sus competidoras era el chasis, el diseño y, sobre todo, el carácter. En ese apartado, la pequeña Aprilia tenía mucho que decir: ofrecía una posición de conducción baja y adelantada, casi deportiva para los estándares de un ciclomotor, con un escape que insinuaba lo que la firma de Noale acabaría siendo décadas después en los circuitos de medio mundo.
El momento histórico era el adecuado. La Italia de finales de los 60 vivía el último tramo de su milagro económico. La generación que había crecido entre la austeridad de la posguerra llegaba a la adolescencia con dinero en el bolsillo por primera vez. Un ciclomotor no era solo un medio de transporte; era una declaración de intenciones, un objeto de deseo y la llave a una libertad que sus padres no habían conocido.
Del taller a la producción en masa
La Colibrì supo leer ese momento y lo aprovechó con una maestría impropia de una marca recién llegada al mundo del motor. Las cifras hablan por sí solas: de 1969 a 1979, la producción anual de Aprilia pasó de apenas 150 a 12.000 unidades. Un crecimiento meteórico que cimentó las bases financieras para que Ivano Beggio pudiera empezar a soñar con cilindradas mayores y, eventualmente, con la competición.
Hoy, cuando vemos a las sofisticadas máquinas de Noale liderar en MotoGP o SBK, conviene recordar que todo comenzó con este pequeño pájaro de color naranja y dorado. Un ciclomotor que demostró que en Noale no solo sabían soldar tubos para bicicletas, sino que tenían el ingenio necesario para fabricar máquinas con alma.
En esta imagen de Australian Motorcycle News se puede ver el diminuto tamaño de la Colibrí


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS