La Yamaha Trailmaster 100 era una de esas pequeñas que parecían sencillas pero que en la historia dejan una huella grande. Con su motor de dos tiempos de 97 centímetros cúbicos, su transmisión de tres velocidades y su planteamiento muy orientado al “dual purpose”, esta moto se colocó como una de las pioneras de las trail ligeras en el mercado norteamericano de los años sesenta.
El ingenio de Iwata para el mercado americano
A lo largo de los años sesenta se vivió el momento de la gran expansión de las motos dual purpose en Estados Unidos. Las marcas ya habían creado máquinas con vocación de campo y carretera, pero Yamaha llegó con una idea muy concreta: una montura que no solo fuera capaz de rodar por pistas, sino que también mostrara el ingenio técnico de la firma japonesa en una versión apta para el gran público.
La firma de Iwata llevaba años trabajando en el segmento de las cilindradas de acceso con modelos legendarios. La evolución desde las primeras variantes de calle hasta la Trailmaster mostró una continuidad técnica y un enfoque claro: motor sencillo, peso contenido y una posición de conducción pensada para salir del asfalto sin pelearse con la moto.
Mecánica de dos tiempos con engrase Autolube
La Trailmaster 100 nació inmersa en el año 1967 con un bloque monocilíndrico de dos tiempos de 97 centímetros cúbicos y el eficiente sistema de lubricación Autolube de Yamaha, que evitaba tener que hacer la mezcla manualmente. El bloque entregaba unos agradecidos 8 CV y la caja de cambios de tres velocidades con “doble rango” –una reductora manual para campo– un tacto amplio y útil para terrenos variados. La transmisión final por cadena y el arranque por pedal daban un tacto correcto en el uso normal.
Estéticamente, no había cubiertas para desviar el barro o los golpes, manteniendo las piernas protegidas de las y la altura del asiento no resultaba muy elevada, mientras que la posición de conducción, con un manillar ancho y estribos en una posición relajada, permitían conducir con cierta relajación. La imagen era pura Yamaha clásica de campo: sobria, funcional y muy reconocible.
Parte ciclo: ligereza antes que efectividad
Si pasamos al apartado dinámico, la horquilla delantera telescópica absorbía las irregularidades siempre que no forzaran las cosas y la suspensión trasera recurría a un brazo oscilante con doble amortiguador. Era un moto para terrenos no asfaltados, pero no era una enduro ni tampoco una trail, era una motocicleta con ciertas capacidades para circular por terrenos rotos, pero nada extremo: caminos de tierra, parcelas agrarias con algunos surcos provocados por el agua o con agujeros abiertos por el ganado… El freno de tambor requería una mano firme, pero la progresión del conjunto era correcta para su época.
Un comportamiento sano y manejable era la mayor virtud de la Trailmaster, que mostraba su gran acierto en caminos, pistas y tramos lentos. Con el acelerador abierto y el pequeño motor de dos tiempos en su zona buena, la moto se colocaba con facilidad y permitía disfrutar de una conducción muy física. La prensa de la época la describía como una máquina con alma de moto “doble uso”, casi una trail antes de que ese concepto se popularizara en todo el mundo.
Sensaciones puras sobre cualquier terreno
El cambio de marchas precisaba una gestión pausada y que marcara bien el paso de un relación a otra, sin prisas ni movimientos bruscos. A medio régimen comenzaba el empuje útil, que se extendía con una entrega franca hasta la zona alta del cuentavueltas. El sonido del dos tiempos a fondo era seco y directo, y ese tacto tan mecánico formaba parte de su encanto.
Gracias a su enfoque simple y su peso reducido, esta pequeña Yamaha no estaba diseñada para impresionar con cifras, sino para convencer por sensaciones. Era una moto para quien entendiera el valor de una montura ligera, robusta y honesta, capaz de salir del asfalto con naturalidad y de volver a la carretera sin drama.
Chasis sencillo, motor con carácter y un planteamiento muy terrenal la hacían una opción contundente. No era un modelo para amantes de las sensaciones fuertes, pero sí para aquellos que quisieran circular sin limitaciones, aunque fuera con calma.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS