Moto del día: Flandria Imola 6

Moto del día: Flandria Imola 6

Un modelo muy desconocido, pero con un marcado talante deportivo


Tiempo de lectura: 4 min.

La Flandria Imola 6 era, en esencia, una moto de Gran Premio que se había escapado del circuito para aterrorizar a los vecinos. Con su motor de 50 centímetros cúbicos y un cambio de seis velocidades que era pura orfebrería de precisión, esta belga no engañaba a nadie: su chasis de doble cuna, el depósito alargado de estilo maratón y una postura de conducción que te obligaba a esconderte tras el carenado la alejaban de cualquier concepto de ciclomotor utilitario. Tenía la mala leche intrínseca de los dos tiempos europeos de los 70 y una presencia física tan rotunda que lograba que, al verla pasar, te olvidaras por completo de que bajo ese metal solo latía un pequeño corazón de apenas una décima de medio litro.

A mediados de los años 70, el segmento de los 50cc de gama alta era el verdadero campo de batalla del prestigio en Europa. No hablamos de movilidad barata para ir al instituto, sino de una guerra tecnológica abierta entre fabricantes que querían replicar en la calle sus éxitos en el Mundial de Velocidad. En este tablero, marcas como Kreidler, Zündapp o la propia Flandria competían por ver quién metía el componente más exótico o la solución técnica más refinada en un chasis minúsculo. El usuario de estas máquinas no buscaba un transporte, buscaba una réplica de carreras con matrícula, y en ese nicho de “cincuenta” elitistas, la ingeniería de Zedelgem (Bélgica) plantaba cara a los gigantes alemanes e italianos con una solidez mecánica que rozaba la terquedad.

De Zedelgem al asfalto italiano

En este escenario de máxima rivalidad nace la Imola 6. La factoría de los hermanos Claeys decidió dar un paso más allá de su exitosa “Record” para presentar una moto que fuera el estandarte absoluto de la casa. El nombre, un homenaje directo al autódromo italiano, ya gritaba sus intenciones desde el catálogo. Lanzada en 1975, la Imola 6 rompió con la estética funcional de sus antecesoras para adoptar llantas de aleación de palos, un freno de disco delantero que en aquella época parecía sacado de la NASA y un conjunto de asiento y colín que hoy es pura iconografía del motociclismo europeo. Fue la respuesta firme de Flandria a una competencia que empezaba a mirar con recelo la capacidad de los belgas para fabricar motos tan rápidas como visualmente impecables.

Catálogo Flandria Imola 6

Catálogo original de la Flandria Imola 50. Más sugerente que legible, como casi todo en la época

Seis marchas para dominar la ciudad

Lo que consagraba a la Imola 6 en el Olimpo de las pequeñas cilindradas era su grupo termodinámico. El monocilíndrico de dos tiempos, refrigerado por aire, era un prodigio de aprovechamiento que, alimentado por un carburador Dell’Orto de buen paso, permitía estirar las marchas hasta un aullido metálico que se convirtió en su firma personal. Pero la clave de su agilidad residía en su cambio de seis relaciones con selector al pie izquierdo, una exquisitez técnica que permitía exprimir cada uno de sus casi 5 CV sin que el motor “se muriera” entre transición y transición. Con apenas 70 kilos de peso y un bastidor que leía el asfalto con la precisión de un bisturí, la Imola 6 demostró que no hacían falta grandes cilindradas para transmitir la pureza de la competición.

Sin embargo, el destino de la Imola 6 estuvo ligado al de la propia marca. A pesar de su superioridad técnica en muchos apartados, la llegada de los modelos japoneses y los cambios en las normativas europeas de homologación de ciclomotores fueron acorralando a Flandria. La Imola 6 fue uno de los últimos cantos de cisne de una industria europea que ponía la pasión y el rendimiento por encima de la economía de escala. Hoy, encontrar una unidad en estado original es toparse con una cápsula del tiempo que nos recuerda cuando tener 14 años y una Flandria en el garaje te convertía, automáticamente, en el rey del barrio.

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Sobre mí

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.

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Pablo Mayo

Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches, y ahora también las motos. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.

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