La Italemmezeta De Luxe era una de esas motocicletas de baja cilindrada que parecen pequeñas sobre el asfalto, pero que en los libros de historia dejan una huella imborrable. Con su bloque de dos tiempos, su magnética impronta boloñesa y un planteamiento muy propio de los años sesenta, esta máquina se colocó como el primer capítulo de una saga mítica que, años más tarde, mutaría en la archiconocida firma Italjet.
El ingenio de Bolonia frente a la masificación
Aquella década contempló la gran expansión de los ciclomotores en Italia. La mayoría de las marcas tradicionales fabricaban vehículos con una vocación estrictamente urbana y utilitaria, pero Leopoldo Tartarini llegó al mercado con una idea radicalmente opuesta: una motocicleta que no solo fuera capaz de moverse en el día a día, sino que también exhibiera el ingenio técnico de un taller que se negaba a limitarse a la simple producción en masa. La De Luxe apareció precisamente como la respuesta contestataria a esa necesidad de distinción.
La firma de Bolonia llevaba tiempo experimentando en este sector con soluciones técnicas muy particulares. La evolución desde sus primeros prototipos funcionales hasta la llegada de este modelo mostró una continuidad creativa impecable y un enfoque diáfano: estética sumamente cuidada, un motor monocilíndrico con carácter y una posición de conducción pensada para sumar kilómetros sin necesidad de pelearse constantemente con el manillar.
Este modelo nació oficialmente en 1960 del talento de Tartarini, un preparador indomable que posteriormente daría el salto definitivo hacia Italjet. La De Luxe operó como el auténtico “capostipite” de la saga, el modelo fundacional que sentó las bases de una identidad que después se haría mundialmente famosa. La prensa especializada de la época ya advertía que de aquellas instalaciones estaban saliendo algunos de los diseños más estimulantes de la industria transalpina.
Carenado aerodinámico y el repique de los dos tiempos
Su motor de 50 centímetros cúbicos presentaba una configuración sencilla pero sumamente eficiente para su tiempo. La transmisión por cadena y el embrague mecánico daban un tacto correcto en el uso normal, aunque la respuesta global lógicamente se volvía algo más perezosa ante un castigo prolongado. Su caja de cambios de dos velocidades y el clásico arranque por pedal ofrecían transiciones sencillas y, sobre todo, un mantenimiento mecánico reducido al mínimo.
El secreto italiano: Bajo ese exótico carenado de carreras no se escondía solo estética; el tanque de combustible estaba soldado directamente a la espina dorsal del chasis, una solución artesanal que permitía que la moto fuera estrecha como un alfiler.
Un elemento clave del conjunto era su carenado integral, que trabajaba de forma impecable contra el viento gracias a una pantalla y unos faldones que mantenían las piernas del piloto perfectamente resguardadas. La altura del asiento resultaba muy accesible para cualquier usuario, mientras que la ergonomía general, marcada por unos semimanillares anchos y estribos relajados, evitaba castigar la espalda tras horas de uso.
La horquilla delantera telescópica absorbía con dignidad las irregularidades del pavimento a velocidad constante, contrastando con una suspensión trasera de tipo rígido. En su configuración estándar resultaba una moto sorprendentemente cómoda para el entramado urbano. Por su parte, el freno de tambor delantero requería aplicar una mano firme sobre la maneta, aunque la capacidad de detención del conjunto resultaba bastante progresiva.
Dulce frontera de los 30 km/h
Dinámicamente, la De Luxe se mantenía asombrosamente firme en línea recta, destapando sus mejores virtudes en los ratoneros trayectos de ciudad. Con el acelerador en el tope, la italiana se colocaba exactamente allí donde apuntaba la mirada del piloto. A unos tranquilos 30 km/h el motor trabajaba en un régimen muy relajado y libre de vibraciones parásitas, siendo capaz de mantener ese crucero durante jornadas enteras. El problema aparecía al buscar los 50 km/h: a esa velocidad, el manillar vibraba con tal intensidad que obligaba a soltar la mano izquierda por puro hormigueo.
El selector del cambio precisaba una mínima presión con el pie gracias a un tacto directo. En el entorno de las 2.000 rpm comenzaba un honesto empuje de bajo régimen que se estiraba con dignidad hasta alcanzar las 4.000 vueltas. El sonido del monocilíndrico a fondo resultaba sumamente característico, teniendo como único peaje negativo un repique de pistones que rebotaba en exceso contra las paredes de fibra del carenado.
Con una primera velocidad tirando a larga, la moto no estaba diseñada para fulminar registros de aceleración, pero garantizaba diversión genuina en carreteras secundarias. Además, su precio de tarifa la situaba como una alternativa muy competitiva. Incluso adquiriendo los habituales accesorios de rendimiento de la época, el desembolso total resultaba ridículo comparado con el de sus rivales directos.
Al final, la Italemmezeta De Luxe tenía la extraña virtud de convertir a los escépticos en devotos de los motores de dos tiempos. Sus acabados de calidad la convirtieron en una opción muy contundente cuyo legado perdura como el ejemplo perfecto de ciclomotor accesible con alma de Gran Premio.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS