La Honda VT250F Spada –designación interna MC20– representa, posiblemente, el punto álgido de la ingeniería japonesa para el mercado doméstico en la categoría de pequeña cilindrada. Producida apenas entre finales de 1988 y 1990, nació en una época dorada donde las restricciones de licencia en Japón obligaban a los fabricantes a volcar toda su tecnología de competición en frascos pequeños. No se trataba de hacer motos baratas para principiantes, sino de crear máquinas ultrarrefinadas capaces de ofrecer sensaciones brutales en un contexto de 250 centímetros cúbicos.
El corazón V-Twin: Un grito a 12.500 revoluciones
El alma de la Spada es su motor V-Twin a 90 grados de 249,4 centímetros cúbicos. No era un motor convencional; contaba con refrigeración líquida, doble árbol de levas en culata –DOHC– y cuatro válvulas por cilindro, sumando un total de 16 válvulas. Esta configuración técnica, típicamente reservada para deportivas de alta cilindrada, permitía a la Spada rendir 40 CV –29,4 kW– a 12.000 revoluciones.
Lo que realmente ponía los pelos de punta era su zona roja, establecida en las 12.500 revoluciones. En un segmento donde la mayoría de los competidores de dos cilindros empezaban a desfallecer a las 10.000 vueltas, la Spada seguía “cantando” con un aullido metálico característico de los motores de alta revolución japoneses. Su arquitectura oversquare –60 milímetros de diámetro por 44,6 milímetros de carrera– estaba diseñada específicamente para favorecer la respiración óptima en la zona alta del tacómetro.
A diferencia de los motores de cilindros paralelos, la disposición en V a 90 grados proporcionaba un balance natural perfecto. Esto reducía drásticamente las vibraciones primarias, evitando la necesidad de pesados ejes de equilibrado y permitiendo que el motor subiera de vueltas con una suavidad asombrosa. Además, esta configuración permitía un centro de gravedad muy bajo y una altura de asiento de solo 745 milímetros, haciendo que la moto fuera increíblemente accesible y manejable.
Revolución CASTEC: El primer chasis de fundición integral
Si el motor era una joya, el chasis era una revolución. La Spada fue la primera motocicleta del mundo en adoptar el bastidor CASTEC –Composite Advanced STeel and aluminum Extruded Casting–. En lugar de la tradicional estructura de tubos soldados, Honda utilizó un proceso de fundición de aluminio hueco para crear un chasis de sección variable.
Esta técnica permitía maximizar la rigidez torsional allí donde se concentraban los esfuerzos –como la pipa de dirección– y minimizar el material en las zonas menos críticas. El resultado fue una rigidez excepcional con un peso pluma: la moto marcaba apenas 140 kilogramos en seco. La integración era tal que el propio chasis formaba parte del sistema de refrigeración, permitiendo que el líquido refrigerante pasara a través de sus cavidades para ahorrar manguitos y optimizar el espacio.
Prestaciones y comportamiento: Un “matagigantes” de bolsillo
A pesar de su cilindrada, las prestaciones de la Spada eran serias. Con una relación peso/potencia de apenas 3,5 kg/CV, era capaz de fulminar el 0 a 100 km/h en unos 5,5 segundos, alcanzando una velocidad máxima de entre 165 y 170 km/h. En el cuarto de milla, paraba el crono en unos respetables 14,3 segundos, cifras que ponían en aprietos a muchas motos de 400 o incluso 600 cc de la época en tramos ratoneros.
En marcha, el motor mostraba dos caras muy distintas. Por debajo de las 5.000 revoluciones se comportaba de forma dócil y civilizada, ideal para el tráfico urbano gracias a la entrega constante del V-Twin. Sin embargo, al cruzar la frontera de las 9.000 vueltas, la Spada se transformaba en una “screamer” agresiva. La respuesta de sus carburadores Keihin era inmediata, ofreciendo una conexión mecánica entre el puño y la rueda trasera que hoy, en la era de la electrónica, echamos de menos.
La parte ciclo estaba a la altura del conjunto. Montaba una horquilla delantera de 37 mm y un monoamortiguador trasero Showa con sistema Pro-Link, que proporcionaba una amortiguación progresiva muy eficaz en conducción deportiva. Los frenos Nissin y las llantas de aleación ligera Enkei completaban un paquete que rezumaba calidad por los cuatro costados.
Diseño inspirado en la saga VFR
Visualmente, la Spada no ocultaba su parentesco con la VFR750F, la flagship de Honda en aquel momento. Heredó su lenguaje de diseño con líneas angulares y afiladas, un carenado integral que envolvía el motor y el icónico doble faro rectangular. Este diseño no era solo estético; el carenado reducía drásticamente el coeficiente aerodinámico, algo vital para estirar cada uno de los 40 caballos en las rectas. Detalles como el colín opcional monoplaza subrayaban su ADN de carreras, aunque contaba con un asiento dual lo suficientemente capaz para un uso diario.
El contexto de la “Guerra de las 250” en Japón
Para entender la Spada hay que entender contra quién competía. En los concesionarios japoneses de finales de los 80, la lucha era feroz. Tenía enfrente a las tetracilíndricas como la Yamaha FZR250 o la Suzuki GSX-R250, que gritaban hasta las 15.000 revoluciones. También estaba la propia Honda NSR250R, una réplica de GP de dos tiempos con más de 60 CV que era la reina absoluta del crono, pero con una fiabilidad y mantenimiento mucho más delicados.
La Spada se posicionó como la opción inteligente: ofrecía la tecnología de chasis más avanzada del mundo y un motor de cuatro tiempos indestructible, con un mantenimiento mucho más sencillo que las complejas “tetra” o las temperamentales “dos tiempos”. Sin embargo, esa sofisticación técnica fue su perdición comercial. El coste de fabricar el chasis CASTEC era tan elevado que Honda apenas pudo mantenerla en producción dos años antes de sustituirla por la mucho más sencilla –y barata– VTR250 de chasis multitubular de acero.
Fue un experimento, una “mula de pruebas” donde Honda validó tecnologías que luego veríamos en sus modelos más grandes y caros. Fue una moto adelantada a su tiempo, comercialmente incomprendida por su alto coste, pero objetivamente brillante. Para muchos, sigue siendo la mejor 250 de cuatro tiempos que jamás salió de una fábrica japonesa, una mezcla perfecta de ligereza, tecnología y ese carácter indomable de un motor que solo se siente vivo cuando el tacómetro roza las cinco cifras.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS