La Godier-Genoud 1400 Turbo era una de esas motos que solo aparecen una vez en la historia. Con solo tres unidades construidas, este modelo representa el punto más extremo de la preparación francesa sobre la base de la Kawasaki Z1300, con un motor de seis cilindros en línea turboalimentado y un planteamiento que rozaba la locura de los años 80.
Aquella firma de Haute-Savoie, un preparador reconocido y especializado en motos de competición de gran cilindrada, construía máquinas que mezclaban la tradición de la mecánica gala con una actitud muy propia de las carreras de resistencia. En ese contexto de libertad técnica, la 1400 Turbo apareció como una evolución natural de su estrecha relación de trabajo sobre los bloques de Kawasaki.
La Kawasaki Z1300 original llegaba al mercado en 1979 como la gran touring de la marca, armada con un motor de seis cilindros en línea que resultaba revolucionario para la época. Su diseño tranquilo y elegante no buscaba el enfoque de una deportiva pura, pero bajo el carenado se escondía una mecánica capaz que los ingenieros franceses decidieron explotar al límite. La preparación realzaba el bloque original, reducía su altura general y añadía un turbocompresor que la convertía en una auténtica bestia de altas prestaciones.
Microingeniería con soplado de aviación
Respecto a las tripas de la máquina, la cilindrada se incrementaba hasta los 1.411 cc, con pistones forjados específicos y una relación de compresión rebajada a 7,2:1 para poder aceptar el soplado de un turbo Rajay de origen Cessna. La carburación se encomendaba a unos generosos Mikuni de 48 mm y el sistema de lubricación se derivaba directamente del motor para alimentar el turbo, una solución muy técnica y muy propia de un taller de carreras. Las cifras oficiales de la época hablan de una potencia de entre 150 y 200 CV según la regulación del soplado, un régimen máximo de 10.000 rpm y más de 280 km/h de velocidad punta, todo ello asociado a un mastodóntico peso de 400 kg en báscula.
Estéticamente, este unicornio lucía una línea elegante y alargada, con un carenado en tres colores que aportaba luminosidad y aligeraba de forma visual una silueta que por tamaño resultaba enorme. Lejos de postularse como una hyperbike de líneas agresivas, se configuró más bien como una máquina de gran turismo de prestaciones estratosféricas, con un planteamiento estético que parecía más cercano a los boxes del Bol d’Or que a la propia calle.
Un dato que certifica su exclusividad es que solo se llegaron a construir tres unidades en todo el mundo. Semejante escasez la convierte hoy en un objeto de colección prohibitivo más que en una montura de uso cotidiano. Los probadores de aquellos años destacaban la audacia de un proyecto que intentó llevar la arquitectura de los seis cilindros en línea a un nuevo nivel de rendimiento, en una época dorada en la que la mecánica se jugaba a lo grande y sin complejos.
El detalle: Para digerir los 200 CV y el tremendo par motor del bloque de seis cilindros soplado, Godier-Genoud tuvo que desechar el basculante original de la Kawasaki Z1300. En su lugar, fabricaron uno artesanal de sección cuadrada reforzado y modificaron el sistema de transmisión por cardán original, un rompecabezas de ingeniería necesario para evitar que la moto se retorciera como un junco al abrir gas a fondo en las rectas.
Canto del cisne de la era Turbo
Ese propulsor con turbocompresor representaba una idea muy de los años 80, una década en la que marcas y preparadores se lanzaron a experimentar con la sobrealimentación en todo tipo de arquitecturas. Esta versión fue uno de los casos más radicales, donde la tecnología se puso al servicio de la potencia bruta sin apenas concesiones a la comodidad, la usabilidad o la practicidad diaria.
Más allá de sus salvajes registros en el banco, la Godier-Genoud 1400 Turbo sigue como un ejemplo claro de una época en la que las motos no buscaban complacer a todo el mundo, sino convencer a un selecto grupo de iniciados. Exitosa o no, bonita o incomprendida, esta motocicleta tiene un lugar de honor en la historia de las preparaciones artesanales, consolidada como un unicornio que con los años se ha transformado en un objeto de culto para quienes aprecian la singularidad por encima de la perfección de serie.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS