Moto del día: Moto Guzzi Tropicana

Moto del día: Moto Guzzi Tropicana

La historia de la moto que no ganó el Dakar, pero salvó a su piloto


Tiempo de lectura: 7 min.

Existen motos que nacen para ganar carreras y otras que nacen para cambiar vidas. La Moto Guzzi Tropicana pertenece, sin ninguna duda, al segundo grupo. Fue uno de los cuatro prototipos para el Dakar construidos por Claudio Torri, un arquitecto de Bérgamo cuya pasión por los raids lo llevó a participar como privado entre 1985 y 1991. Sin embargo, la Tropicana es la única realmente especial. Su valor no reside en la técnica o en las prestaciones puras, sino en lo que ocurrió durante dos noches de enero de 1988 en el desierto de Argelia. Aquellas horas de soledad absoluta forzaron a Torri contra la pared y transformaron su existencia para siempre. Como él mismo reconoce: “Me convertí en hombre allí, agachado por el frío junto a la Tropicana; por eso nuestro vínculo va más allá de las palabras”.

Una construcción récord en solo tres meses

La génesis de la Tropicana fue una carrera contra el reloj. En septiembre de 1987, tras participar en el Wynn’s Safari de Australia, Torri dejó su anterior Moto Guzzi V75 rosa en manos del importador local. De repente, se encontró a solo tres meses del inicio del Dakar de 1988 y sin una montura para correr. Junto a Serafino Valsecchi, su único mecánico y mano derecha, decidió que no podían simplemente adaptar una moto de serie. Los prototipos anteriores, basados en chasis de producción, siempre habían dado problemas estructurales en las dunas.

Esta vez, el enfoque fue radical: construirían una moto desde cero. Diseñaron un chasis y un basculante de tipo box fabricados en acero de níquel-cromo-molibdeno, un material capaz de soportar el castigo del desierto. Para el corazón de la bestia, descartaron el motor small block de 750 centímetros cúbicos por su falta de flexibilidad en los recambios y optaron por el robusto big block de 750 centímetros cúbicos con dos válvulas y culatas redondas.

El motor rendía 67 CV al cigüeñal, pero la magia estaba en la transmisión. Montaron una caja de cambios de dientes rectos con relaciones personalizadas: una primera y segunda muy largas para ganar inercia, y el resto de las marchas cortas para garantizar la tracción máxima en la arena. Con un peso de 207 kilogramos, depósito de aluminio de 44 litros y suspensiones de largo recorrido –Marzocchi de 42mm y Bitubo–, la Tropicana estaba lista apenas una semana antes de partir hacia París. Prácticamente, el estreno real de la moto fue el propio prólogo de la carrera.

Moto Guzzi Tropicana (1)

El diseño “Bird Beak” y el patrocinador de última hora

Estéticamente, la Tropicana es inconfundible. Su línea nació de una visita al museo de la marca junto al arquitecto Ghilardini. Allí, la Moto Guzzi 250 Bialbero y su característico “pico de pájaro” inspiraron el frontal de la moto de Torri. No fue solo un capricho estético; aquel pico permitió montar un guardabarros bajo que mejoraba la refrigeración del motor y protegía el radiador de aceite. Fue una solución técnica pionera en 1987 que muchos otros fabricantes adoptarían años después.

El nombre “Tropicana” llegó a través del importador francés Seudem, que encontró el patrocinio de la famosa empresa de bebidas en el último momento. Los colores –naranja, verde y blanco– evocaban de forma sutil la bandera italiana, pero adaptados a la imagen de marca del patrocinador. Aquella decoración naranja chillón rompía con el tradicional rojo y verde de las águilas de Mandello y dotaba al prototipo de una personalidad única.

Argelia 1988: El océano de dunas que devoraba equipos

El inicio del Dakar 1988 fue un desastre para Torri. En el prólogo de París, el barro se acumuló bajo el guardabarros delantero hasta bloquear la rueda por completo. Pero lo peor estaba por llegar. Aquel año, la organización diseñó etapas africanas brutales con el objetivo de hacer una criba masiva; de las 183 motos que salieron, solo 34 alcanzaron la meta en el Lago Rosa.

En la tercera etapa, en mitad del desierto argelino, la Tropicana sucumbió. El mousse trasero se calentó tanto por el peso y la fricción que terminó por fundirse. Torri logró sustituirlo por una cámara de aire, pero apenas 50km después, el neumático giró sobre la llanta y se laceró, lo que hizo imposible continuar. Para colmo, Torri montaba una llanta trasera de 17 pulgadas, mientras que el resto de los pilotos usaban 18 pulgadas, por lo que nadie podía prestarle un repuesto. Se quedó solo. El camión de asistencia, que llevaba su rueda de repuesto, tomó una ruta distinta y nunca lo vio.

Dos noches de soledad y un renacimiento

Claudio Torri pasó dos noches solo en el desierto. La primera fue un combate contra el frío extremo, protegido únicamente por una manta térmica de aluminio y cubierto de arena para intentar conservar algo de calor. Despertó con los pies casi congelados. La segunda noche decidió no quitarse las botas; el frío fue más llevadero, pero a la mañana siguiente sus pies estaban tan hinchados que le resultó imposible descalzarse hasta el mediodía.

Sin embargo, el amanecer del tercer día trajo consigo algo más que luz. Torri se puso de pie sobre los estribos de la moto, abrió los brazos y miró al sol. En ese momento, sintió que el viento del desierto le decía que su vida era lo más hermoso que poseía y que debía empezar de nuevo. Aquellas noches no fueron una derrota, sino una salvación. Le obligaron a pensar en su dirección y en sus prioridades. Allí, junto a la Tropicana, Claudio Torri dejó de ser un arquitecto aventurero para convertirse en un hombre nuevo.

Moto Guzzi Tropicana (2)

El rescate que salvó la victoria de Edi Orioli

El tercer día, dos mecánicos de Honda aparecieron a pie. Su camión de asistencia oficial se había averiado lejos de la pista con un eje roto. Torri, que ya había hecho las paces con el desierto, utilizó su brújula para anotar el azimut y localizar el vehículo de Honda en aquel mar de dunas idénticas. No solo se salvó él, sino que guio al camión de recuperación para rescatar también a los mecánicos de Honda.

Aquí entra en juego la picaresca del desierto. La regla no escrita dice que lo que encuentras abandonado, es tuyo. Torri era el único que sabía dónde estaba el camión de Honda cargado de piezas. Convenció al conductor del vehículo de rescate argelino para que recuperara su Tropicana y, a cambio, él le indicaría la posición del camión de Honda. Gracias a ese motor de repuesto que Torri ayudó a recuperar, Edi Orioli pudo ganar el Dakar aquel año.

Mientras tanto, en Italia, los periódicos titulaban: “Claudio Torri desaparecido en el desierto”. Cuando apareció cuatro días después en el aeropuerto de Niamey, vestido de Tuareg, casi le provoca un infarto a Serafino y al resto del equipo.

El regreso del Águila a Mandello

Tras aquella experiencia, Torri vivió 20 años en África. El Dakar fue su escuela de vida, una experiencia inexplicable para quien solo busca el resultado en el cronómetro. En 2019, la Tropicana, perfectamente preservada después de tres décadas, regresó a la fábrica histórica de Mandello del Lario, el mismo lugar donde fue ensamblada en un tiempo récord de 90 días.

Hoy, a sus 71 años, Claudio Torri cree que ha ganado el derecho a contar estas historias. Tras años de silencio, siente que es el momento de arrancar la Tropicana una vez más y escuchar qué tiene que decir. Porque, aunque nunca ganó una etapa ni terminó aquel Dakar, cumplió la misión más importante de todas: salvar el alma de su piloto en el frío silencio de las noches argelinas de 1988.

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Sobre mí

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.

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Pablo Mayo

Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches, y ahora también las motos. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

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