Si hoy en día viéramos una moto con el volante de inercia girando al aire libre a pocos centímetros de nuestra rodilla, llamaríamos a la policía. Sin embargo, en 1926, esa era la estampa de la Moto Guzzi SS 250, una máquina que no solo era bella, sino que resultó ser un auténtico dolor de muelas para sus rivales en los circuitos europeos.
La Super Sport de Mandello del Lario nació para ganar. Mientras la mayoría de fabricantes se conformaban con motores de válvulas laterales, los italianos apostaron por una distribución de válvulas en culata accionadas por varillas. Este motor monocilíndrico de 246 centímetros cúbicos entregaba unos respetables 15 CV a 5.000 revoluciones. Puede parecer poco hoy, pero permitía que esta “pluma” de apenas 115 kilogramos rozara los 120 kilómetros/hora, una cifra estratosférica para la época.
Ingeniería horizontal y el famoso “affettatrice”
La disposición horizontal del cilindro no era un capricho estético de Carlo Guzzi. Al tumbar el motor, se conseguía una refrigeración uniforme del bloque gracias al flujo de aire directo, evitando los puntos calientes que sufrían los monocilíndricos verticales de la competencia. Además, esto permitía que el centro de gravedad quedara a ras de suelo, otorgando a la SS 250 una agilidad en curvas que dejaba en evidencia a máquinas con mucha más cilindrada pero más torpes.
El diseño es puro arte funcional, aunque lo que atrapa todas las miradas es su volante de inercia exterior, apodado cariñosamente como affettatrice (cortadora de fiambre). Esta solución permitía un cigüeñal más corto y rígido, minimizando las vibraciones y las pérdidas de energía, aunque obligaba al piloto a tener mucha precaución con sus extremidades inferiores.
Valentía sobre tres marchas y chasis rígido
Conducir esta Guzzi en su época era un ejercicio de equilibrismo y valentía. El cambio de tres velocidades se accionaba mediante una palanca manual situada junto al depósito de combustible, lo que obligaba a soltar el manillar en plena aceleración. No había suspensión trasera, por lo que el chasis de doble cuna transmitía cada piedra del camino directamente a la columna del piloto; solo unos muelles bajo el sillín aportaban algo de piedad en las largas distancias.
Arrancar una SS 250 en 1926 era casi una ceremonia litúrgica. Había que cebar el carburador, ajustar el avance del encendido manualmente desde el manillar y tener el valor de dar la patada al pedal mientras el enorme volante de inercia empezaba a girar. Si no calculabas bien el tempo con el descompresor, la compresión del motor podía devolverte un retroceso capaz de lesionar el tobillo del piloto más experimentado.
El legado de Mandello del Lario
La SS 250 de 1926 representa esa era dorada donde la mecánica estaba expuesta, sin filtros ni plásticos. Fue la moto que encumbró a pilotos como Pietro Ghersi y la que demostró que el ingenio italiano podía suplir la falta de cilindrada con una eficiencia técnica superior. Una joya que, un siglo después, sigue recordándonos que la velocidad siempre tuvo un componente de riesgo mecánico fascinante y que Moto Guzzi ya era una potencia tecnológica cuando el motociclismo aún estaba en pañales.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS