Hay apellidos que pesan. En el mundo BMW, pocos pesan tanto como las dos letras que cierran el nombre de esta familia: RT. Reise-Tourismus. Turismo de ruta. Dos palabras que llevan más de cuatro décadas definiendo lo que una motocicleta puede hacer cuando se le pide que lo haga todo bien: proteger al piloto del viento y la lluvia, devorar autopistas sin agotar al que las conduce, ser cómoda con cargamento y pasajero, y al mismo tiempo mantener el carácter mecánico que distingue a una BMW de cualquier otra cosa sobre dos ruedas. La R 850 RT, presentada en 1994 y en producción hasta 2006, fue la encargada de llevar ese apellido en el segmento de media cilindrada. Y lo hizo, como solo saben hacerlo las motos que no necesitan justificarse, dejando una impresión que dura décadas.
La pequeña RT que no era pequeña en nada que importara
Llamarla “la pequeña RT” es un error que cometieron muchos y que la moto se encargó de desmentir sistemáticamente. Sí, sus 848 centímetros cúbicos de boxer refrigerado por aire y aceite entregaban 70 CV frente a los 90 de la contemporánea R 1100 RT. Sí, su precio era unos 2.000 euros menor. Y sí, el motor se resentía con algo más de vibración que su hermana mayor según subías de vueltas. Pero en todo lo demás –geometría, suspensiones, equipamiento, carácter dinámico– la 850 RT era una copia idéntica de la 1100. La misma filosofía, el mismo ADN, el mismo sistema Telelever en el tren delantero y Paralever en el trasero que eliminaba los movimientos de cabeceo durante la frenada y la aceleración, convirtiendo la conducción en algo más parecido a planear que a rodar.
El resultado era una moto que parecía más grande de lo que era cuando la veías parada en el arcén –porque en eso la carenada de la RT nunca engaña– y que se volvía sorprendentemente ligera y precisa en cuanto la sacabas de la ciudad y le dabas lo que pedía: carretera abierta, curvas largas, kilómetros que pasar a ritmo constante sin que el cansancio apareciera antes de que apareciera el destino. Aquellos 70 CV resultaban perfectamente suficientes porque el motor bóxer los entregaba desde muy abajo, con un par que ya estaba disponible antes de que hubieras acabado de pensar en girar el acelerador. La inyección electrónica –no tan obvia en 1994 como puede parecer hoy– la hacía suave y predecible en todo momento. Era una moto honesta. Sabías exactamente lo que te iba a dar antes de pedírselo.
Lo que una RT tiene que ser, sin adornos
Si tuvieras que resumir la filosofía de la R 850 RT en una frase sería esta: todo lo que necesitas, nada de lo que no necesitas. No había pantallas, ni modos de conducción, ni control de tracción. Había un motor que funcionaba, una electrónica básica pero fiable, un ABS que ya por entonces BMW integraba como estándar cuando la mayoría de la industria todavía lo trataba como opcional de lujo, y una ergonomía trabajada para que dos personas pudieran recorrer 500 kilómetros en un día sin bajarse de la moto con el cuerpo destrozado. Eso era todo. Y eso era suficiente.
Lo que más llamaba la atención de la moto, entonces y ahora, no era la suma de sus componentes sino la coherencia del conjunto. Las cabezas del boxer asomando por los flancos del carenado como una declaración de principios mecánicos. El basculante monobrazo trasero integrando el cardán con una elegancia que hacía que las soluciones convencionales parecieran provisionales. La silueta del carenado, fluida y reconocible a distancia, que no necesitaba ángulos afilados para tener presencia. Era una moto que parecía diseñada desde dentro hacia afuera: primero la mecánica, luego todo lo demás.
Tres décadas y 75 CV más: el precio del progreso
La R 1300 RT que BMW presentó en 2025 es, sobre el papel, una máquina de otra galaxia comparada con la 850. El boxer ahora desplaza 1.301 centímetros cúbicos, desarrolla 145 CV y 149 Nm de par. El chasis es completamente nuevo, con un bastidor principal de acero más compacto y un subchasis de aluminio. Las suspensiones Telelever y Paralever evolucionaron hasta su versión EVO con posibilidad de ajuste electrónico. El sistema de frenada incluye ABS Pro Integral con gestión automática del reparto entre ejes. Los flaps aerodinámicos frontales se ajustan eléctricamente según la velocidad. El radar trasero avisa de colisiones y cambios de carril. La pantalla TFT mide 10,25 pulgadas. Hay cambio automatizado ASA opcional que elimina la necesidad de usar el embrague. El precio base supera los 24.000 euros; con opciones recomendables, se va a 29.000.
Es, sin ninguna duda, una moto más capaz que la 850 RT en todos los sentidos medibles. Va más rápida, frena mejor, consume menos, protege más, carga más equipaje y avisa al piloto de riesgos que él mismo no ha detectado. En comparación directa, la vieja 850 RT parece primitiva.
Y sin embargo…
El fantasma en la máquina
Hay una frase que aparece en casi todas las pruebas de la R 1300 RT, formulada de distintas maneras pero con el mismo fondo: “BMW quiere captar usuarios de las GS y las RS”. Es una frase que lo dice todo sobre cómo ha cambiado la filosofía de la moto. La RT ya no se define solo a sí misma; se define también en relación con lo que no es. Donde antes había una moto que sabía exactamente cuál era su propósito –llevar a dos personas lo más lejos posible con el máximo confort y el mínimo esfuerzo– ahora hay una moto que también quiere ser deportiva, también quiere ser ágil, también quiere parecer más ligera de lo que pesa. Es una moto más completa. Y también es una moto con más contradicciones.
El diseño de la 1300 RT ha dividido a los propietarios históricos de la familia. Donde antes había líneas cinceladas y una silueta que envejecía con dignidad, ahora hay formas cuadradas, una mirada que alguna reseña internacional ha descrito como “biomimética” y otros, más directamente, como “demasiado parecida a una moto china de gama alta”. El parabrisas es más grande, la protección es mayor, la tecnología no tiene rival en el segmento. Pero algo de aquella coherencia visual –esa capacidad de reconocerla a un kilómetro solo por su silueta– se ha ido diluyendo en cada generación.
Lo que la 850 RT le enseñó a todas las que vinieron después
La R 850 RT no fue la moto más vendida de su época ni la más recordada por la prensa especializada. Vivió siempre a la sombra de su hermana mayor, la 1100, y cuando llegó la 1150 y después la 1200, quedó definitivamente relegada al papel de “opción de acceso” que terminó desapareciendo en 2006. Pero lo que demostró durante sus doce años de producción es algo que la industria no ha dejado de perseguir desde entonces: que es posible construir una moto de turismo que sea genuinamente satisfactoria de conducir, sin necesidad de más tecnología que la estrictamente necesaria para que funcione bien.
La R 1300 RT de 2025 es una obra de ingeniería extraordinaria. Es, posiblemente, la mejor moto de turismo que existe en este momento sobre la faz de la tierra –o casi–. Pero si la aparcaras al lado de una R 850 RT en buen estado y le preguntaras a alguien que no supiera nada de motos cuál de las dos parece haber sido diseñada por alguien que amaba lo que hacía, la respuesta no sería tan obvia como los números hacen creer.
Eso no es una crítica a la 1300 RT. Es un homenaje a lo que la 850 fue capaz de hacer con mucho menos.


Javi Martín
Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.COMENTARIOS