Moto del día: Suzuki DR 500 S

Moto del día: Suzuki DR 500 S

El robusto monocilíndrico que forjó la leyenda Trail de las Suzuki DR


Tiempo de lectura: 3 min.

A principios de los años 80, el panorama del off-road estaba cambiando. Las marcas japonesas ya no se conformaban con motos ligeras de dos tiempos para corretear por el monte; querían potencia, par motor y, sobre todo, la capacidad de cubrir grandes distancias sin desfallecer. En ese contexto nace nuestra Moto del Día: la Suzuki DR 500 S, una máquina que entre 1981 y 1983 sentó las bases de lo que hoy entendemos por una trail monocilíndrica de gran cilindrada.

La DR 500 S llegó para plantar cara a la exitosa Yamaha XT 500 y a la Honda XL 500. Sin embargo, Suzuki no quería limitarse a copiar la fórmula. Los ingenieros de Hamamatsu pusieron sobre la mesa un diseño robusto, con una estética puramente ochentera —depósito metálico estrecho, asiento largo y un faro rectangular muy característico— que gritaba aventura por los cuatro costados.

Mecánica TSCC: El corazón de la bestia

Lo más interesante de la DR 500 S se escondía bajo su culata. Montaba un motor monocilíndrico de cuatro tiempos refrigerado por aire con una capacidad de 498 cm³. La gran innovación de Suzuki fue el sistema TSCC (Twin Swirl Combustion Chamber). Gracias a sus cuatro válvulas y a un diseño de cámara de combustión que optimizaba la mezcla, el motor entregaba unos honestos 36 CV a 6.500 rpm.

Pero más que la potencia pura, lo que enamoraba de este motor era su par motor: 4,3 mkg a 5.700 rpm. Era un motor elástico, de los que empujaban desde muy abajo con ese sonido rítmico y contundente de los grandes “pucheros”. Eso sí, ponerla en marcha requería técnica. A pesar de contar con un descompresor automático ligado a la palanca de arranque, el “kick start” podía ser un castigo para los gemelos inexpertos si la moto no estaba bien puesta a punto.

Suzuki DR 500 S (2)

Parte ciclo: Entre el enduro y el uso diario

Con un peso en seco que rondaba los 140-145 kg, la Suzuki DR 500 S no era precisamente una pluma para hacer trialeras cerradas, pero se defendía con una solvencia envidiable en pistas rápidas. Su chasis de simple cuna desdoblado en acero aportaba la rigidez necesaria, mientras que las suspensiones de largo recorrido (unos 230 mm delante) permitían tragarse casi cualquier irregularidad del terreno.

En el apartado de frenos, la DR 500 S era hija de su tiempo: tambores en ambos ejes. Aunque hoy nos parezca una solución arcaica, en la época cumplían con su cometido siempre que no le exigiéramos detenciones fulgurantes en asfalto caliente tras un uso intensivo.

Un legado de fiabilidad

Lo que realmente convirtió a la DR 500 S en una moto de culto fue su fiabilidad mecánica. Era una moto sencilla, fácil de mantener y construida con una calidad de materiales que hoy en día parece difícil de igualar. No era raro ver unidades superando cifras de kilometraje impensables para una monocilíndrica de campo de la época.

Fue el preludio necesario para la llegada de la mítica saga DR 600 y, posteriormente, la icónica DR-Big. La Suzuki DR 500 S fue, en definitiva, la moto para aquellos que buscaban una herramienta eficaz, capaz de llevarlos al trabajo entre semana y cruzar una cordillera durante el fin de semana sin rechistar.

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Sobre mí

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.

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Pablo Mayo

Ingeniero de profesión, la mayor pasión de mi vida son los coches, y ahora también las motos. El olor a aceite, gasolina, neumático...hace que todos mis sentidos despierten. Embarcado en esta nueva aventura, espero que llegue a buen puerto con vuestra ayuda. Gracias por estar ahí.

Javi Martín

Con 20 años no ponía ni una sola tilde y llegaba a cometer faltas como escribir 'hiba'. Algo digno de que me cortaran los dedos. Hoy, me gano un sueldo como redactor. ¡Las vueltas que da la vida! Si me vieran mis profesores del colegio o del instituto, la charla sería de órdago.

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